La crítica «más importante» al agua destilada

Capítulo 5

Al texto

Capítulo 5

La crítica «más importante» al agua destilada

El agua destilada nunca llega a nuestras células en estado de aislamiento químico, pues ya en la boca y en el estómago se mezcla inevitablemente con las secreciones del propio organismo.

La respuesta clara es no.

El agua destilada nunca llega a nuestras células en estado de aislamiento químico, pues ya en la boca y en el estómago se mezcla inevitablemente con las secreciones del propio organismo. Por eso los críticos suelen objetar que, si la pureza absoluta es el rasgo decisivo del agua destilada, ¿no se pierde esta en cuanto el agua toca la primera gota de saliva? La respuesta clara es no. El aislamiento químico del agua destilada termina, a más tardar, en la punta de la lengua.

Pero quien cree que esta mezcla deja al agua sin fuerza cae en una falacia. Confunde el estado estático, la pureza en el vaso, con la capacidad dinámica, el efecto en el cuerpo. Para entenderlo ayuda la imagen de una esponja seca y completamente limpia. En cuanto absorbe la primera gota, técnicamente ya no es pura. Pero es justo en ese momento cuando cumple su verdadera finalidad. Empieza a absorber.

Una esponja ya saturada, comparable a un agua rica en minerales, ha agotado casi por completo su capacidad de absorción. El agua destilada, en cambio, está hambrienta desde el punto de vista biofísico. La supuesta contaminación en el momento de beber no es otra cosa que el instante de ignición en el que la esponja se pone a trabajar. Lo decisivo no es que el agua permanezca pura en el cuerpo, sino que llegue allí con su hambre máxima. Para entender por qué el agua destilada conserva su superior poder de purificación pese a mezclarse en el estómago, debemos examinar las leyes de la termodinámica y de la biología celular.

Cuando lo mejor se convierte en una carga

Pero antes de dedicarnos en detalle a estas causas biofísicas, quisiera ilustrarle su modo de acción a través de un acontecimiento decisivo que pude acompañar en diciembre de 2023. La historia de Mario. Muestra de forma impresionante lo que ocurre cuando el concepto biofísico de la esponja vacía se encuentra con la realidad de un cuerpo sometido a una carga enorme. Cuando lo mejor se convierte en una carga. Mario, un buen amigo, se había sometido aquel año a una grave operación cerebral.

Siguieron sesiones de radioterapia y cócteles diarios de pastillas, hasta que el tratamiento desembocó finalmente en una quimioterapia intensiva. En aquella época apenas se le reconocía. Las enormes cargas de medicamentos habían desbordado su metabolismo hasta tal punto que había engordado 20 kilogramos. Su cuerpo estaba completamente hinchado, marcado por graves edemas y totalmente al límite de sus fuerzas. En nuestro círculo de amigos casi habíamos perdido la esperanza. Temíamos seriamente que perdiera esa batalla.

Al verlo me sentí profundamente conmocionado y busqué una manera de apoyarle. Cuando le pregunté por sus hábitos de bebida, me respondió con plena convicción que ya no tocaba el agua del grifo. Su mujer le elegía solo lo mejor de la tienda ecológica. Bebía cada día de tres a cuatro litros de un agua mineral sin gas que se consideraba especialmente valiosa por su contenido mineral particularmente alto. Lo hacía en la firme creencia de que así eliminaba eficazmente de su organismo los residuos de la quimioterapia.

La historia de Mario es la consecuencia de cinco principios de la termodinámica y de la biología celular.

La realidad médica era alarmante. Los valores hepáticos y renales de Mario se encontraban ya en un rango que ponía en peligro su vida. Su organismo amenazaba literalmente con colapsar bajo la carga tóxica. Con cada sorbo del agua altamente mineralizada, que por entonces llevaba ya muchas semanas bebiendo, aportaba a su sistema agotado más lastre inorgánico. Esta agua supuestamente de gran calidad estaba ya tan saturada desde el punto de vista físico que cargaba doblemente su metabolismo.

Por un lado, obligaba al cuerpo a lidiar con minerales inorgánicos apenas aprovechables y, por otro, sencillamente ya casi no ofrecía espacio para recoger y eliminar con eficacia los potentes venenos de la quimioterapia y sus desechos metabólicos. Le expliqué en detalle los principios biofísicos por los que actúa el agua y le aconsejé dejar de inmediato el agua rica en minerales. Después de enseñarle a destilar él mismo su agua del grifo y de entregarle las instrucciones para una cura de purificación de 28 días, Mario cambió su hidratación de manera consecuente.

A partir de entonces renunció por completo al agua mineral sin gas y, siguiendo mis recomendaciones, bebía cada día unos dos litros de agua destilada caliente. Dos meses después dejó un mensaje de voz en nuestro chat de grupo en el que, lleno de alivio, contaba los resultados de su último análisis de sangre. Los valores del hígado y de los riñones se habían normalizado de forma tan radical que los médicos que lo trataban estaban atónitos y le preguntaron seriamente si había interrumpido la quimioterapia en secreto.

No podían comprender cómo las funciones de sus órganos habían podido estabilizarse de tal modo bajo la misma carga masiva de medicamentos. Y eso que el cambio consecuente de su hidratación era la única modificación que Mario había hecho. Desde entonces vuelve a encontrarse bien y sigue destilando el agua para él y para toda su familia. Analicemos ahora científicamente la historia de Mario. Preguntémonos, ¿qué ocurrió después de que cambiara su hidratación?

El impulso hacia el equilibrio molecular

La mejoría en la salud de Mario es la consecuencia de cinco principios de la termodinámica y de la biología celular. El primer principio es la entropía, el impulso hacia el equilibrio molecular. Hasta entonces Mario había bebido un agua mineral muy saturada, ya completamente cargada de minerales. Se parecía a un tren de mercancías cuyos vagones estaban tan llenos de piedras que sencillamente apenas quedaba sitio para recoger los residuos de la quimioterapia. El agua destilada, en cambio, llegaba a su organismo como un tren completamente vacío.

En la parada decisiva de la boca y el estómago, el agua de alta pureza se mezclaba, ciertamente, con la saliva y el ácido gástrico, lo que lleva de inmediato a los críticos a objetar que entonces ya no es pura. Pero eso es una falacia. Desde el punto de vista biofísico, solo los primeros vagones se cargan con unas pocas sustancias. El resto del tren, con cientos de vagones, permanece vacío y sumamente receptivo. En termodinámica, este estado se denomina gradiente de concentración.

Como el agua destilada sigue estando extremadamente vacía en comparación con el tejido sobrecargado, se genera una formidable succión física. Este impulso hacia el equilibrio molecular es una expresión de la entropía. El agua tiene literalmente hambre de fijar sustancias para establecer un equilibrio osmótico. O, como en el caso de Mario, de cargar las piedras de la quimioterapia y llevárselas. A nivel molecular, el agua destilada conserva su hambre de disolución, incluso cuando ya está mezclada con los fluidos corporales.

El agua destilada es la forma más «fluida» de todas las aguas, porque es la más «libre» de todas.

El agua destilada actúa en el organismo como un actor servicial. Al dirigirse al tejido sobrecargado, atrae como un imán los depósitos químicos hacia sus vagones libres y los moviliza. Por la presión osmótica resultante, los residuos se desprenden de las células y pueden, por fin, ser conducidos fuera del cuerpo a través de los riñones. Aquí el agua es mucho más que una simple bebida. Es, más bien, un medio de transporte estratégico que, gracias a su vacío inicial, aumenta enormemente las fuerzas de autodepuración del cuerpo.

El efecto de arrastre

Sin embargo, el agua destilada no solo cargaba los desechos metabólicos en el organismo de Mario. También cambiaba la manera en que esos desechos fluían por el cuerpo. El segundo principio que actuaba era el solvent drag, el efecto de arrastre. El agua destilada de alta pureza optimizaba las propiedades de flujo en todo el organismo de Mario. Actuaba como un río claro e impetuoso. Esta corriente no se limitaba a pasar de forma pasiva junto a las células, sino que atrapaba mecánicamente los residuos estancados en el tejido y se los llevaba consigo.

Gracias a esta energía cinética, los desechos metabólicos que antes estaban atascados eran literalmente arrastrados y conducidos hacia el proceso de eliminación. En medicina existe para este fenómeno el término técnico solvent drag. Puede imaginarse este efecto como una fuerte corriente que se lleva todo lo que no está firmemente anclado. Cuando el agua se filtra por los diminutos poros de nuestros vasos y membranas, se crea una succión que simplemente lleva a cuestas las partículas disueltas. Ha de saber que el agua destilada es la forma más fluida de todas las aguas, porque es la más libre de todas.

Como el agua destilada casi no contiene sustancias disueltas, es extremadamente móvil y reactiva. En el espacio intercelular, la zona entre las células, el agua destilada despliega una dinámica completamente nueva. Vuelve más fluidas la sangre y la linfa, casi como si se limpiara a alta presión una tubería obstruida. Se abre paso sin esfuerzo por los capilares más estrechos, capta con mayor eficacia los productos finales del metabolismo y los transporta de forma dirigida hacia los órganos de eliminación.

El escudo eléctrico

Mediante este mecanismo biofísico, el agua se convirtió para Mario en un socio logístico activo. Se encargó de que los desechos, impulsados por la entropía antes mencionada, no solo se cargaran, sino que fueran barridos del sistema con toda su fuerza. El tercer principio es el potencial zeta, el escudo eléctrico. En el cuerpo sobrecargado de Mario existía un problema invisible pero peligroso. Los residuos de la quimioterapia tendían a atraerse entre sí y a aglutinarse.

Estos agregados actúan como arena en un engranaje. Pueden obstruir los finísimos filtros de los riñones, los llamados glomérulos, y causar daños graves. Aquí el agua destilada aportó una protección biofísica decisiva. Como está vacía y no trae consigo minerales perturbadores como la cal o el magnesio, puede envolver las sustancias tóxicas con mucha mayor precisión. Cada partícula tóxica recibe una envoltura densa y protectora de moléculas de agua, que se denomina capa de hidratación.

Puede imaginarse este potencial zeta como un potente campo de fuerza eléctrico que rodea cada partícula. Como todas estas partículas llevan ahora la misma carga, actúan como imanes de la misma polaridad. Se repelen implacablemente. En lugar de aglutinarse en cúmulos rígidos, las sustancias tóxicas mantienen así entre sí una estricta distancia de seguridad. En física, este estado estable de suspensión se denomina estado de sol. Todo sigue en movimiento, nada sedimenta y nada se incrusta en depósitos peligrosos como los cálculos renales o las placas vasculares.

El motor hidráulico

En el organismo de Mario, este elevado potencial zeta garantizaba una repulsión eléctrica constante. Así, la carga tóxica se mantenía finamente dispersa en suspensión y podía deslizarse sin fricción, como sobre un invisible colchón de aire, por los diminutos canales de los riñones. El agua mantenía a distancia las sustancias de desecho mediante fuerzas electrostáticas y las obligaba a seguir en estado líquido hasta haber abandonado el cuerpo con seguridad. El cuarto principio es el gradiente osmótico, el motor hidráulico.

Puede imaginarse el agua destilada en el cuerpo de Mario como un motor hidráulico. Como esta agua está extremadamente vacía, es decir, es hipotónica, posee una enorme fuerza de tensión física. Empuja con todo su poder hacia donde la concentración de sustancias es más alta, en lo más profundo del tejido sobrecargado. Por efecto de esta presión osmótica, el agua es literalmente impulsada hasta los rincones más recónditos del organismo para emprender allí su trabajo. Absolutamente todo líquido del cuerpo obedece a una ley invisible, la del gradiente de presión osmótica.

Entre todas las aguas, el agua destilada es el actor más hambriento. Incluso tras mezclarse en el estómago, su concentración de partículas disueltas sigue siendo muy inferior a la del tejido sobrecargado que la rodea. Esta enorme diferencia de concentración genera una auténtica succión física. Como una oleada fresca, el agua penetra profundamente en las células para compensar el desequilibrio químico. Al hacerlo, literalmente expulsa de sus escondites los productos finales del metabolismo y las toxinas firmemente adheridos, los desprende del tejido y los moviliza para su evacuación a través de los sistemas linfático y vascular.

Vía libre para las enzimas

En el organismo de Mario, el agua no actuaba así como un simple disolvente, sino, por así decirlo, como una hidrolimpiadora a nivel celular. Ayudó a reducir las molestas retenciones de líquidos, los edemas, al volver a poner en marcha el flujo estancado. El quinto principio es la carga funcional frente a la carga disfuncional. Vía libre para las enzimas. Cabe imaginar las enzimas del hígado y de los riñones como obreros en una cadena de montaje. Si el agua que las baña ya está saturada de cal, nitratos, microplásticos y minerales inorgánicos, las cintas quedan cubiertas de estos desechos antes de que el verdadero trabajo de desintoxicación pueda siquiera empezar. Así, la purificación enzimática se ve fuertemente inhibida o, en el peor de los casos, se detiene por completo. Entonces el cuerpo empieza a envenenarse con su propia carga tóxica.